Miedo a levar anclas, miedo a quemar las naves, miedo…
21 Septiembre 2008
Unas de las tendencias de nuestro tiempo, en la que psicólogos y sociólogos andan más de acuerdo, es la crisis de pánico que experimenta el hombre contemporáneo ante una decisión incondicional. La inseguridad de un futuro que no se puede controlar, frena toda decisión, y elsujeto se paraliza. Algunos han denominado este fenómeno: “adultescencia”, un mix de época adulta y adolescencia. Recuerdo una conversación entre Colette y Truman Capote, que recoge el escritor norteamericano en su libro “Plegarias atendidas”. Capote está en la casa de la francesa, observa un pisapapeles de cristal en el que hay encerrada una rosa blanca. Colette le cuenta: “estos universos de cristal son como música silenciosa. Y ahora, ¿qué espera usted de la vida? Aparte de fama y dinero, eso ya lo doy por supuesto”. Capote, que no se espera la embestida de la pregunta tras el comentario anodino de la rosa blanca, le responde. “No sé lo que espero. Sé lo que me gustaría, me gustaría ser un adulto”. A lo que Colette añade: “Ah, pero es lo único que ninguno de nosotros podrermos ser nunca, personas adultas”. Quizá porque tener momentos adultos es sencillo, pero afirmarse en ellos, no mucho.
Recojo tres ejemplos, de épocas muy distantes entre sí, en los que se destila que si un hombre no toma una decisión trascendental, no puede crecer, ni alcanzar a conocerse, ni definirse, ni siquiera ser feliz.
Pasar el Rubicón
Siglo I a. de C. Un general romano, llamado Cayo Julio César, montado en un alazán pálido, observa inquieto, pero con expresión decidida, el discurrir tranquilo de las aguas del Rubicón, convertidas en fluido argentífero por la luz de la luna del cielo italiano. Si sus legiones, victoriosas en cien campañas, vadean el río sin autorización del Senado, no habrá marcha atrás posible. Realizar el cruce será declararle la guerra al patriciado de la República Romana. Podría significar una nueva guerra civil. Para evitar las conmociones, el Senado ha dispuesto que ningún cuerpo de ejército traspase la frontera del río Rubicón sin su venia expresa. Para los transgresores, la advertencia es clara: quien realice ese acto rebelde, se convierte en enemigo de la aristocracia senatorial y tendrá que vérselas con su poder y con sus fuertes aliados.
César es popular y conocido en Roma. Es un héroe. Los botines de guerra lo han convertido en un magnate, y está a punto de arriesgar su fortuna y posición. Si termina vencido por sus enemigos políticos, perderá todo, hasta la fama, pues la historia relega a los derrotados a un segundo plano. Vae victis (¡Ay de los vencidos!). Una salus victis, nullam sperare salutem (la única salvación de los vencidos, es no esperar ninguna salvación). Pero si alcanza la victoria, será capaz de realizar el sueño de su vida: convertir la vetusta república en un imperio regido por él mismo, erigido en dictador.
¿Por qué lo arriesga todo? No es pura ambición. César ama a Roma, quiere servirla. Pero la ama completamente, y desea servirla por completo. No se conforma con las migajas de un sistema enfermo y pasado de moda; Caius Iulius Caesar quiere la reforma. Y la única vía posible para la reforma, consiste en inventar un trono imperial y ocuparlo él mismo. Ordena pues, a sus legiones, cohortes, manípulas, centurias y decurias, cruzar la frontera entre Roma y la Galia Cisalpina, demarcada por el Rubicón. Alea jacta est (La suerte está echada).
César, sin tomar el título, de hecho, fue el primer emperador, tanto así, que sus sucesores quisieron tomar el nombre de César. Es verdad que terminó asesinado por sus enemigos, pero ya era tarde para la república. Julio César había llevado la historia—la de Roma y la suya— a un punto sin retorno la noche en que alcanzó las orillas del Rubicón.
La terrible osadía de una decisión
“En la terrible osadía de un momento de entrega, que un siglo de prudencia jamás podrá revocar”. T. S. Eliot
Un día en que levamos anclas
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar…
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría…
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar…
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de obscuro pedernal;
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír…
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día…
un día en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables…
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA, Porfirio Barba Jacob
El dios de los que no tienen cojones
“El dios de Spinoza es un dios indoloro, inodoro e insípido, demasiado inteligente para sentir compasión. El dios, en suma, de los que no tiene cojones para creer o para no creer”. Fernando Arrabal
Si no, mejor que ni empieces
“Si vas a intentarlo, que sea a fondo. Si no, mejor que ni empieces. Puede que pierdas familia, mujer, amistad, trabajos y hasta la cabeza. Puede que no comas en días, puede que te congeles en un banco de la calle. No importa, es una prueba de resistencia para saber que puedes hacerlo. Y lo harás. A pesar del rechazo y de la incertidumbre, será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado. Te sentirás a solas con los dioses, y las noches arderán en llamas. Cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta”. Charles Bukowski.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Solo un breve poema a modo de comentario:
El trayecto del proyecto
Causa efecto y desperfecto,
En un desierto de acierto,
un cúmulo de desconcierto.
Desenredando las tramas:
Perdí reloj, fotos, anillo y esposa,
Y que cosa tan curiosa,
Solo creo haber ganado en canas.
Mas inherente a la justeza,
De cierta razón que me asiste,
Soy un hombre que resiste,
Aunque apenas quede fuerza.