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Dietario Voluble, Enrique Vila-Matas

21 septiembre 2008

Adoro a este tipo. He llegado a la conclusión de que no puedo ser justo con Vila-Matas, porque la amistad siempre le mete una sierpe indiscreta a la objetividad. Una madre tampoco puede ser justa con su hijo, que no lo moverá del podio de vencedores aunque sea un asesino en serie. Entonces, ¿se me entenderá si digo que Dietario Voluble es otra de sus proezas? No lo creo, ni me importa. A Vila-Matas no lo conozco personalmente, he de aclarar. He gestado el tapiz de la amistad a base de las lecturas de sus libros. Es allí donde está y donde se escurre, habilidad que le entusiasma. Aunque la suya es un fantasmagoría algo torpona, ya que se explicita demasiado con esto de pretender no ser autobiográfico. Y se lo admito, a un amigo le admites que te llegue tarde al cine.

Hay dos cosas recientes que me han sentado tan mal, que no me queda otro remedio que ponerlas por escrito. Una es la nueva nariz de la Princesa de Asturias. La primera vez que la vi con su inaceptable novedad, acompañando a su marido en unas declaraciones conmovedoras por el accidente de Barajas, estuve intentando reconocer quién era esa mujer que miraba al suelo y que se parecía Julia Roberts a la hora del desayuno. ¿Qué estrafalario duende ha robado la nariz de la Princesa? Prometo que le han quitado el alma. Nadie hubiera podido pensar que limar un hueso supusiera limarle tan adentro, pero es así. El otro disgusto es la crítica de Dietario Voluble que leí en La Vanguardia. Eludí saber quién había sido el autor de tamaño dislate, para poder despreciar a gusto su texto sin llegar a las manos con él, por si la venalidad me dicta una carta de coces de la que másn pronto o más tarde me arrepentiría. En lugar de fijarse en las calles y recodos de la literatura de Vila-Matas, con su millón de citas traídas por la fiebre de sus lecturas, el crítico se pone a ensalzar la ciudad de Barcelona frente a Madrid. Es decir, como si la obra del catalán fuera una defensa gárrula de lo autóctono frente a los taxistas madrileños, tan sucios. Lo menos que puedo decirle a mi desconocido es que no sabe leer a Vila-Matas. 

A Enrique lo vi de lejos, una tarde de mucha lluvia, durante una conferencia en Madrid. Llegué tardísimo y me escondí en la penúltima fila de la sala. Aún así, lo veía y oía perfectamente. Terminó en veinte minutos, le aplaudieron y la verdad es que no supe de qué habló. Le pregunté a un parroquiano eventual sobre el tema de la conferencia, que me dijera alguna palabra, alguna frase magnífica… Me quitó de enmedio, quizá irritado porque tampoco había entendido nada. Y es que para entrar en Vila-Matas hay que ser el iniciado de una secta cuyos estatutos están escondidos en sus obras, y aún habrá disputa sobre cuáles son.

Prometo que si uno se aproxima a Vila-Matas con asiduidad, de lector se convierte en escritor en ciernes.

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