Televisión y libros
14 agosto 2008
Para los muy enamorados de la literatura, los libros nacen para ser devorados, por eso lo mejor es andarse con los títulos imprescindibles del canon occidental para hacerse una idea cumplida de nuestras raíces culturales. Jorge Luis Borges decía que cuando llegaba a una biblioteca entraba inmediatamente en un campo magnético. La atracción le parecía irresistible. Antes, los salones de las casas gozaban de la presencia ducal de una biblioteca con pretensiones, ahora se diseña el salón dependiendo del enchufe de la antena de televisión y se revisa periódicamente la modernidad del aparato: si ha llegado la hora de la pantalla de plasma, si el cristal líquido…, mientras las bibliotecas padecen, a lo sumo, la presencia decadente de media docena de best sellers.
De todas formas, la televisión y los libros pueden gozar de cierta tregua cuando un programador acierta con la clave de un programa cultural en el que se da correa a títulos clásicos y de actualidad, usando el lenguaje de entretenimiento propio del medio. En Francia, el programa de libros de Bernard Pívot es uno de los grandes referentes de la cadena pública. También en Alemania ha ocurrido algo similar con el espacio de Marcel Reich-Ranicki. En Chile, el escritor Antonio Skármeta supera semanalmente el millón de telespectadores con su programa “El show de los libros”. Es decir, que es posible y más que probable, atrapar desde la televisión al neófito en lides literarias para dotarle de elementos que le ayuden a salivar cuando se ponga delante de una novela de Alejandro Dumas.
En España, La 2 de TVE nos ofreció, hasta el año pasado, ”Estravagario”, un programa dirigido y presentado por Javier Rioyo. El título era una palabra inventada por Pablo Neruda que mezcla “extra”, cuyo significado es fuera de o especial, y “vagario”, derivado de vagar, divagar o vago, que al unirse forman el nombre “Estravagario”, en el que convergen significados como desocupado, ocioso, errante, inconstante, ambiguo, indeterminado. Javier Rioyo dice que “el libro es un lugar sin límites”, y eso se percibe en el guión de cada programa y en las entrevistas a los invitados. El espectador se queda, entonces, con la idea de que cada libro es una creación infinita, el producto supremo del conocimiento humano, como si fuéramos los constructores de nuestro destino. Chesterton, en “El regreso de Don Quijote”, dice en cambio: “¿cuándo entenderá la gente que el mundo es una ventana y no un infinito?”. Aceptar nuestra limitación, incluida la de la mente con mayor caudal imaginativo, es el principio de abrir la puerta a la trascendencia, que sostiene nuestra finitud. Si no, la vida se nos convierte en eso, en un divagar, en el diseño de una ruta ociosa.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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