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Olimpiadas: ocasión desaprovechada

14 agosto 2008

Hay que entonar el mea culpa. Occidente se ha convertido en un herviero de convencionalismos y lo políticamente correcto de gobiernos y organismos internacionales. El COI, en una mezcla de cinismo y autocomplacencia, otorgó la organización de las Olimpiadas a China pese a los desmanes que se cometen cada día contra los derechos humanos. Pero todos callan y exigen que los deportistas cierren los ojos ante tales injusticias.

Tíbet libre, libertades individuales, menor represión policial y aperturismo económico son algunas de las consignas que han ilustrado las pancartas de los millones de manifestantes repartidos por todo el mundo cuando llegó la llama olímpica a Pekín. Sin embargo, nadie ha incidido en la hipocresía del Comité Olímpico Internacional, encargado de otorgar la organización de los Juegos.

El COI se ha erigido incluso en el adalid de lo políticamente correcto y pidió a los deportistas -por medio de sus respectivas federaciones- que evitaran cualquier declaración política a riesgo de expulsión aplicada bajo el punto 3 de la norma 50 que prohíbe cualquier tipo “de manifestación ni propaganda política, religiosa o racial en ningún emplazamiento, instalación u otro lugar que se considere parte de los emplazamientos olímpicos”. Además, se enorgullece al predicar a los cuatro vientos que ha reducido la tortura mientras los periodistas son apaleados y su material confiscado.

Los Juegos de Pekín podrían haber sido la oportunidad perfecta para dar a conocer al mundo las atrocidades que se cometen en China. Pero el COI tenía otros planes. El gigante asiático es una mina por explotar y las Olimpiadas un escaparate perfecto. Decía un importante empresario español que los mayores negocios de nuestro país se cerraban en el palco del Santiago Bernabéu y la Villa Olímpica no va a la zaga. Las palabras de Jacques Rogge eran representativas: “los Juegos Olímpicos de Beijing marcarán un hito histórico y constatarán la transformación que ha tenido China en el escenario mundial”. Es decir, un lugar perfecto donde empezar a picar.

El presidente del COI podría destacar las condiciones infrahumanas en las que se encuentran los trabajadores en China o del falseo de la edad del equipo chino de gimnasia. Pero Rogge y lo suyos prefieren mirar para otro lado y, de paso, callar a los periodistas entre tanto negocia con los dictadores chinos la ‘dureza’ de la censura que aplicará a los periodistas extranjeros. Es la retórica del COI, ese gran negocio.

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