Argentina y el buen gusto
14 agosto 2008
Leonardo es un amigo argentino que me viene a ver un par de veces al año. De España conoce poco, algo del Valle del Jerte y sobre todo Madrid, que le parece la ciudad más bonita del mundo, especialmente cuando el cielo se tiñe de azul cobalto, ese momento en el que la tarde peligra y acaba por extinguirse. La última vez que lo vi iba de riguroso negro y ahora me vino de un blanco impecable, con un jersey de cuello chimenea y con la conversación de siempre, que si el River Plate por aquí, que el fútbol ya no es lo mismo… Es una persona religiosa: “a mí, como creyente, no me vale con tener una buena defensa, sino con un medio campo ligero, sin espesor”. Es la bomba. En el cine da vergüenza ir con él porque se emociona a la mínima y los espectadores están más pendientes de sus hipidos que de la trama de la película.
Nos fuimos a un restaurante italiano. La tarde ya caía en cobalto. Yo pedí una cerveza y él me acompañó. “¿Sabés lo que más me disgusta cada vez que retorno a tu patria?”, “el qué Leonardo?, “que vuestra televisión ha perdido el buen gusto”, “explícate”, “sí, hay un programa en el que actúan unos artistas del monólogo donde acostumbran a soltar cosas con gracia, pero también algunas boludeces vejatorias contra cualquier institución, especialmente la Iglesia. Y ya imaginás, para una persona con fe, mentar a Dios es mentar directamente a la madre, y por eso se hace daño. No es como la política. En la política no se nos cuela el corazón, por eso aceptamos las disputas, las críticas a los líderes y demás. Bueno en Marruecos no, que hay un periodista condenado a no sé cuántos años por haber hecho una caricatura del rey. Y te digo mal gusto en programas como… no sé, aquellos en los que aparece un faldoncillo debajo de la pantalla en el que los espectadores pueden decir lo que les dé la real gana, las burradas son finas, es un mercado de herrumbre, tú. El otro día envié uno de los mensajes por mi móvil, por hacer la pavada, y al final me invitaron a entrar en un chat sobre el Kamasutra, con lo cual me vi fichado en un círculo de gente más salida que un balcón. De locos, tú. No sé, acá la llaman telebasura, ¿no es cierto? Digo que el buen gusto se pierde y tiene razón Cootzie en su novelón “Esperando a los bárbaros” cuando comenta la situación en la que se quedan los hombres acostumbrados a ver de todo, “en cada rostro veo la misma expresión, no es odio, ni sed de sangre, sino una curiosidad tan intensa que consume sus cuerpos y sólo deja vivir a sus ojos, órganos de un nuevo y voraz apetito”, me pareció un símil perfecto del espectador que ve la televisión. ¿Te he contado lo que hizo el River Plate en su último partido?”.
La cerveza se me había quedado caliente sobre la mesa. Este Leonardo es la bomba.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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