El fracaso del matrimonio K
18 julio 2008
A los que seguimos la actualidad argentina con un cariño añadido al interés profesional, nos sigue costando entender como un país con el potencial humano y los recursos naturales que posee no logre encontrar un gobierno medianamente capaz de aprovechar esa riqueza. Las respuestas más repetidas entre los propios analistas argentinos apuntan hacia una clase política infecta y al mastodóntico lastre del peronismo. Dos aspectos que para muchos son dos caras de una misma moneda.
En estos días, Argentina vuelve a dar señales de alarma. Los síntomas vienen a confirmar el preocupante diagnóstico político y económico que merece el país, inmerso en la errática política del Gobierno que preside Cristina Fernández. Una peligrosa mezcla de nacional-populismo, prepotencia e improvisación que amenaza con devolver al país al estado catatónico de los mandatos de Menem y De la Rúa.
La Presidencia de Néstor Kirchner permitió que Argentina iniciara el despegue económico con un crecimiento del 8 por ciento y se estabilizase la gobernabilidad del país. La gestión de Cristina Fernández debía consolidar esos logros pero, a ocho meses ya de su toma de posesión, el enfrentamiento con el campo ya ha colocado a la población al borde del desabastecimiento, la inflación y el consumo se han disparado, y las inversiones no dejan de caer. Las caceroladas han vuelto y la popularidad de la presidenta apenas roza el 20 por ciento.
La terquedad y la soberbia han sido las armas que el matrimonio Kirchner han elegido para resolver el problema. Su obstinación les ha llevado al despeñadero del Senado y han perdido. Al final los matones y piqueteros que lanzaron a las calles para sofocar la protesta no fueron suficiente. Y lo peor es que el matrimonio K no da señales de cambio. Lo conseguido en estos últimos cinco años puede quedarse en nada por su torpeza.
MIGUEL SALVATIERRA


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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