Los europeos, Henry James
15 julio 2008
Félix Young y su hermana la baronesa Eugenia Münster visitan a unos primos suyos que viven cerca de Boston. La familia la forman el señor Wetworth, sus hijas, Charlotte y Gertrude, y un varón, el joven Clifford. Ambos resultan ser los hijos de la hermanastra americana del señor Wetworth, cuyo matrimonio con un europeo la obligó a abandonar Boston e instalarse lejos de su país.
Al parecer, Eugenia ha abandonado Alemania ya que sido repudiada por su marido, un príncipe alemán con el contrajo matrimonio morganático. Los europeos serán recibidos por la familia con una mezcla de ilusión, fascinación y recelo. Un amigo de la familia, el señor Acton se sentirá atraído por la baronesa y Félix y su prima Gertrude comenzaran una amistad que paulatinamente ira creciendo en profundidad e intensidad.
Aunque el aspecto de la obra huela a culebrón, nos hallamos ante una obra maestra de la literatura anglosajona. Ya quisieran para sí muchos autores, la legitimidad de un perfil tan valioso e inteligente como el de la baronesa Münster, tan enigmática, tan fascinante. Recogemos algunas frases subrayadas de la novela.
Comentario de los europeos a propósito del nulo gusto estético de los americanos: “Hay una inmensa casa de madera, una especie de chalet de tres pisos; parece un gigantesco juguete de Nuremberg. Había allí un caballero que me hizo un discurso acerca de la casa, llamándola “una venerable mansión”; pero da la impresión de que terminaron anoche de construirla. Muy poco para los sentidos”.
“Hacerse una opinión, sobre la conducta de una persona, por ejemplo, resultaba para Mister Wetworth algo así como hurgar en una cerradura con una llave elegida al azar. Su sobrino, por el contrario, con un simple giro de muñeca, abría todas las puertas con la misma maña que un ladrón experto”.
“En sus años juveniles había sido de la opinión según la cual es mucho más divertido no casarse, y se había enorgullecido de su soltería, considerándola como una fortaleza. Pero, en cualquier caso, los puestos avanzados de aquella fortleza llevaban mucho tiempo derruidos; habían desaparecido los cañones de las almenas, y como el puente levadizo estaba bajado, se podía atravesar el foso”.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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