Todo barato
30 junio 2008
Ya no nos sorprende que la primavera empiece a ser una realidad de la que hablamos como si fuera un recuerdo de los años treinta, ya que todos coincidimos en que ha dejado de existir. Pasamos del invierno al verano sin solución de continuidad.
Me decía una mujer ya mayor, que lleva toda su vida como guía turística en su ciudad natal, Florencia, que la suerte de vivir en el corazón de la Toscana es que allí siempre es primavera, jamás las altas temperaturas enturbian la armonía de una ciudad tocada por el ala de un ángel. Con la cosa tórrida que ya padecemos, nos llega un hatillo de lugares comunes, que si el verano no es ocasión de leer “Guerra y paz”, que si hay que dar gusto al cuerpo, que el trabajo es sagrado y mejor no tocarlo, etc. En verano postergamos lo esencial y abaratamos lo cotidiano. Y es una lástima, porque es un cliché que se nos ha metido en la cabeza.
Con las altísimas temperaturas y la humedad infernal de la costa atlántica colombiana, García Márquez terminó en 1985 esa joya de la literatura universal que es “El amor en los tiempos del cólera”. Por eso, no entiendo por qué el verano no es ocasión de leer a Faulkner y escuchar a Bach. De tanto acostumbrarnos a los idiomas fáciles, vamos a perder el gusto por lo que nos recuerda nuestra altura, y eso queda más allá del bochorno del verano.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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