De Tintín en el Tíbet, a Pekín dos mil ocho
30 junio 2008
Ahora se andan rasgando las vestiduras, y apagan la antorcha cuando recorre los países de Occidente. Y la televisión nos muestra el trote cochinero de los relevistas protegidos con escolta y a los monjes corriendo como gamos delante de porras porque el gobierno chino les atiza y les da caña. Y qué esperábamos, un escorpión es un escorpión, y siempre pica aunque se hunda cruzando el río.
La última noche que pasé en China faltaban 856 días para el comienzo de las Olimpiadas, eso decía un reloj digital que se levantaba muy cerca del Mausoleo de Mao en la plaza Tiananmen. Debía ser como la una de la madrugada y acababan de ofrecernos niñas a la puerta del mejor hotel de Pekín a precio de saldo, cuando vimos que debajo del reloj olímpico a un pobre hombre, pobre como casi toda China, le estaban dando una descomunal paliza porque no era capaz de sostenerse en pie y largarse de un lugar tan singular. Eran policías, eran los esbirros de la dictadura. No es de extrañar en un país que lleva sometido al comunismo desde que el camarada Mao decidiera que ya estaba bien de tanta opresión desde la Ciudad Prohibida, y colgara su retrato sobre el dintel de La Puerta de la Paz Celestial. Mucho mejor.
No es la primera vez que unas competiciones se desarrollan bajo la bandera de un tirano. El careto de Hitler contemplando como los chicos arios sólo le veían el culo a Jesse Owen en el Berlín del 36 aún pone los pelos como escarpias, y el de Videla aplaudiendo el gol que Kempes le endiñó a la Naranja Mecánica en la prorroga del mundial 78 no tiene precio. La diferencia entre aquellos y lo de hoy es que ambos eventos se concedieron a sus respectivos países antes de que llegaran al poder estos salvadores de la patria. Pero lo de China… vamos, que ahora nos hemos caído del guindo.
Que los que estos días escriben indignados, o se cuelgan de un puente con una pancarta, o los Jefes de Estado que dicen que no irán, pero que sí irán, se acaban de enterar que los productos chinos son más baratos allí porque la mano de obra es mano de esclavo. Que se curra a cambio de un plato de pasta, porque el arroz no lo ven ni en pintura. Y si lo que nos interesa es la producción barata a cambio de cerrar los ojos, y el business pasa por conceder Juegos Olímpicos a una dictadura, pues que no nos cuenten cuentos chinos y que los pobres monjes de butano sigan corriendo para que no les larguen otro viaje, porque aquí no ha pasado nada. Que se icen los anillos de colores en el centro de un país gobernado por déspotas y nosotros a comer arroz tres delicias durante los anuncios de la final de atletismo, porque Tintín nunca encontró al Temible Hombre de las Nieves, y nosotros tampoco, aunque todos sabemos donde está.
José Cabanach


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


hola!! solo quería saludarte
un beso
Tais