Amigos imaginarios
30 junio 2008
No sé si alguno de ustedes habrá visitado el estado de Sonora, al noroeste de Méjico. A mí nada se me ha perdido por allí, además ni siquiera atrapa mi atención su celebérrimo desierto donde, si te olvidaste de meter la brújula en la mochila, acabas convertido en pasto de serpientes y correcaminos en aquel erial de desolación. Allí no hay fronteras visibles. El lugar idóneo para que los Coen hubieran rodado su “No es país para viejos”.
Pero en Sonora no sólo crecen el cactus y el arrayán, sino las antenas de televisión analógica. El director del Servicio Estatal de Salud Mental de la Secretaría de Salud Pública (SSP), Félix Higuera Romero, es un tipo de aspecto estrábico y distraído, pero acaba de sacar a la luz un informe interesante en el que advierte de que el 10 por ciento de los menores sonorenses, que están en contacto directo con la televisión, corren el riesgo de desarrollar amigos imaginarios, ante la falta de atención de los padres y de una red de apoyo familiar adecuada. Porque, también en Sonora, la cultura de los padres-multitarea (multitasking) flota como orgullosa corbeta. Los progenitores andan más pendientes de estabilizar la balanza de ingresos y gastos que de estabilizar la balanza emocional de los pequeños.
Esto del nacimiento de amigos imaginarios no es ninguna broma, lo que Ian McEwan cuenta en su novela “En las nubes”, no tiene nada que ver con la patología de una exposición prolongada ante la televisión, que genera dificultad para socializar, así como escapes emocionales por la exposición a los dibujos animados con mensajes negativos y, por si fuera poco, fomenta el sedentarismo. En la novela de McEwan, recomendabilísima para una tarde bajo la sombrilla de la playa, se nos narra la historia de un muchacho con una imaginación espumosa, febril, un chaval que no agota la vida en lo visible, sino en dar carrete a su imparable hervidero de relaciones con el mundo, que son más bien el venero de una precoz creatividad literaria.
Vale que los amigos imaginarios aparezcan de repente en la vida de los pequeños de tres y cuatro años, cuando inician la etapa del desenvolvimiento social y del “pensamiento mágico” (Chesterton: los niños siempre andan entre hadas y elfos), pero aquellos que a partir de cinco años se extasían ante la tele y, por desatención de los padres, se buscan a sus compañeros invisibles, son carne de soledad y patologías posteriores. Cuidado con las negligencias.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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