De la aftosa y otras fiebres
31 mayo 2008
A estas alturas de la película internacional, ya nadie se cree que China ande escasita de medios de información para poner al día a la OMS en cuanto a víctimas por la fiebre aftosa. Lo que pasa es que China es un monstruo con dos manazas. Una, tira del tren de la economía, y la otra, agarra del pescuezo las libertades. Sin lugar a dudas, las que se llevan la palma del linchamiento son la libertad de pensamiento y la libertad religiosa. Por eso, no es de extrañar que China sea el mercado de Internet que más rápidamente crezca en el mundo, allí andan ávidos de libertades. Ya van por los ochenta millones de usuarios, más que el número de integrantes del Partido Comunista. Para controlar las epidemias virales no sólo se prescriben profesional y tratamiento, sino una definición del hombre con suficiente altura como para convertirlo en el centro de todos los intereses.
Hace un par de años volaba de vuelta de China, volvía concretamente de Pekín, de un invierno latosísimo que me tenía estragado el ánimo. Como compañera de asiento, me tocó una cuarentona insípida que trabajaba en Zhongguancun, una especie de Silicon Valley chino en el que pululan los centros de investigación, las universidades tecnológicas, etc. Pero cuando llegamos a hablar del sentido religioso, que si Dios, que si la posibilidad de un más allá, se me quedó mirando perpleja, como si le hubiera mentado a un novio difunto. Me dijo que en China sólo se puede pensar en el hecho sobrenatural cuando pasas de los cincuenta y cinco años, porque hasta entonces no paras de trabajar, tienes el tiempo tan medido que no hay respiraderos. Está claro que la aftosa es sólo la punta del iceberg de otras fiebres.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Commentarios
¿Tiene algun comentario?