Clubes secretos
24 Abril 2008
Si hay una división real entre los seres humanos, es la de apocalípticos y constructores. El apocalíptico es el que entiende el planeta como un sumidero de horrores, la negrura en el horizonte, la negrura en el presente y sólo, victoriosa, se alza la nostalgia de lo que fue. Los constructores son los que no se arredran ante las calamidades, y aprovechan los obstáculos para que el hombre se alce victorioso. Daniel Estulin es un apocalíptico, ha escrito “Los señores de las sombras” y “El club Bilderberg”, en donde defiende la tesis de que existe una conspiración universal de un puñado de jerifaltes, más allá de toda línea roja democrática, que promueven conflictos, miedos, secuestros y asesinatos, para mantener su poder y patrimonio infinitos. Estulin sólo cree en una revolución de los ciudadanos contra el Leviatán, pero en el fondo sabe que es una batalla perdida. Qué diferencia con los miembros de “La rosa blanca”, aquella asociación de estudiantes que plantó cara al III Reich en nombre de los principios de la civilización cristiana y de los valores irrenunciables de la persona. A este club de resistencia sí que se le puede aplicar la famosa frase de Neruda. A pesar de que a sus miembros les cortaron las rosas, la primavera se hizo imparable.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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